“Ninfa rota”, de Alfredo Gómez Cerdá. XVI Premio Anaya

“Yo sé que en el fondo no le gustaba ser así.
Yo sé que en el fondo…
Yo sé…”

Ninfa rota, de Alfredo Gómez Cerdá, es la obra ganadora del XVI Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil. El amor tóxico en la adolescencia, el maltrato físico -y sobre todo psicológico- y la amistad hacen que esta novela “remueva, con un final que sorprende y deja sobrecogido, y con la que el adolescente podrá tanto evadirse como enfrentarse a la vida”, según el jurado del premio.

Marina ha descubierto que su corazón ya no le pertenece, ya no es dueña de él. Se ha enamorado de Eugenio, el chico con el que sale y poco a poco va descubriendo que tampoco es dueña de sus actos. ¿Por qué se va alejando de sus amigos? ¿Por qué Eugenio impone siempre su voluntad? La brusca ruptura de la relación complicará aún más las cosas. ¿Podrá vivir con el corazón devorado por serpientes? ¿Podrá vivir con la certeza de que el tiempo no cura nada, sino que es la perdición de todas las cosas?

Tres preguntas al autor: 

El libro habla de las relaciones entre los adolescentes, en concreto sobre una relación tóxica. ¿Por qué decidiste tratar este tema?

Utilizaré un tópico literario: no elegí el tema, fue él quien me eligió a mí. Me fascina esa etapa de la vida que hemos dado en llamar adolescencia. Cambios, transformaciones, crecimientos, descubrimientos, agobios… Es un momento único, que puede marcarnos para siempre, pero que sin embargo es visto con desdén por la sociedad.

Suelo decir que mi literatura es un diálogo permanente con la vida. Ninfa rota también lo es. En el mundo actual es difícil comprender cómo pueden existir personas que vivan el amor como un tormento, como una tortura. Aún es más inexplicable que los torturadores y torturados sean adolescentes.

A lo largo del libro vas desarrollando muy bien cómo la pareja de la protagonista la manipula, ¿cómo trabajaste estas escenas? ¿Y a los personajes?

Hay un manipulador –y siempre es difícil entender los motivos del manipulador–, pero también ella es incapaz de reaccionar a esa manipulación y plantarle cara. El propio enamoramiento es lo que ha dejado inerme a la protagonista.

Veo en la actitud de algunos jóvenes comportamientos más propios de hace cincuenta o cien años y eso es lo que me ha llevado a hacerme preguntas, y –es sabido– las preguntas son las que nos ponen a escribir.

Para mí los personajes son esenciales, prioritarios, escribo desde su interior. A la hora de escribir necesito crear una simbiosis con ellos, necesito entrar en su mundo, en su pensamiento, en sus sentimientos… A veces los comprendo y a veces no, pero nunca los juzgo ni trato de inventar soluciones mágicas.

¿Cuál sería la mayor dificultad a la hora de escribir para jóvenes sobre el maltrato?

No veo ninguna dificultad especial por la temática elegida. Podríamos hablar de la dificultad para escribir sobre el mundo de los jóvenes, pero en general. Yo espero que los lectores reconozcan lo que la novela les plantea, que no lo vean como algo lejano. Es un problema social, pero –¡ojo!– también es un problema individual, con unas raíces profundas que se pierden en la complejidad del ser humano.

Primeras páginas

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