Entrevista con Mónica Rodríguez, ganadora del XIII Premio Anaya de LIJ

Mónica Rodríguez

¿Cómo y desde dónde surge la novela Alma y la isla?

El drama humano de la inmigración, acrecentado en los últimos años, siempre estuvo muy presente rondándome la conciencia. Un día leí una noticia sobre la isla de Lampedusa donde están tan saturados los centros de acogida que a veces los pescadores, que participan también en las labores de rescate, acogen a los niños en sus propias casas. Entonces lo supe. La historia estaba ahí, no sabía aún cómo iba a desarrollarla ni qué iba a suceder, pero esa era la historia que yo quería escribir: la relación entre el hijo menor de un pescador y una niña que rescatan del mar y que acogen en su casa. El conflicto entre los niños está inspirado en la relación de mi hija menor con Amaina, la niña saharaui que pasó con nosotros tres veranos.

Alma llega de un mundo muy diferente. ¿Qué representa Alma? ¿Qué quiere transmitir este personaje al lector infantil?

Alma son todos esos niños –y adultos– que tienen que abandonar su tierra, su familia, todo lo conocido, arriesgando cuanto tienen, incluso la vida, para alcanzar una tierra en la que esperan recuperar su dignidad y en la que no siempre lo consiguen. Son los que llegan y también los que mueren en el camino. Las cifras son escalofriantes. Solo el año pasado, más de un millón de inmigrantes irregulares y refugiados, es decir, más de un millón de personas, llegaron a Europa, la mayoría por mar. De ellos, 270.000 son niños, 26.000 llegaron solos, 10.000 han desaparecido. Más de 3.600 personas murieron en el intento. Tratemos de poner a esos 270.000 niños en fila, con sus nombres, sus sueños, sus miedos, sus miradas, sus llantos y sus risas. Todos son Alma.

A lo largo de la novela asistimos a un cambio de actitud paulatino en el personaje de Otto. La presencia de Alma en su casa le incomoda, los celos aparecen pero también va surgiendo la complicidad con la niña negra. ¿Cómo fuiste construyendo este personaje y la relación entre los dos?

A pesar de que Otto conoce la terrible situación de Alma, él la rechaza, le produce sentimientos contradictorios –compasión, celos, culpa, admiración– y prefiere que no esté presente para no sentir todo eso. Poco a poco va descubriendo en ella a la niña que es, y a través del amuleto mágico vive la experiencia de su viaje. Creo que para eso sirven los libros, para meterse en la piel de los otros, para no solo «conocer» sino «vivir» otras experiencias, a veces dramáticas como esta. Mi hija pequeña también sufrió esos sentimientos contradictorios con Amaina, y la convivencia, el conocimiento del otro, le hicieron poco a poco llegar a quererla como a una hermana. A partir de esta vivencia, de esta situación inicial, dejé a los personajes que interaccionaran solos. Les escuché, les seguí yo a ellos. Es una experiencia muy bonita la de dejarse llevar cuando escribes, aunque requiere más corrección.

En la novela, el aspecto mágico está muy presente a través de un amuleto. ¿Cómo surgió este elemento simbólico? ¿Crees que es importante que esto se dé en la literatura infantil?

Inicialmente yo no iba a contar el viaje de Alma, quería centrarme en el conflicto de los niños, pero me di cuenta de que este no era real si omitía su viaje, su realidad. El amuleto fue un encuentro mágico, apareció sin yo proponérmelo y me dio la herramienta perfecta para contar el viaje de Alma y que Otto lo sintiera en sus carnes. No creo que sea necesario en absoluto que haya elementos mágicos en los relatos para niños, pero sí son un componente poderoso y atractivo.

Los personajes adultos de la novela no parecen mostrar mucha comprensión hacia los sentimientos de Otto, ni a veces hacia el proceso de adaptación que sufre Alma. En este sentido, la mirada infantil enfatiza el dilema moral adulto con un momento álgido al final: cuando Otto le da las gracias a su padre por haber salvado a Alma…

Los adultos muchas veces no nos damos cuenta de lo que les pasa a los niños, o no lo valoramos en su justa medida, pensamos «son cosas de críos», estamos con nuestros asuntos, nuestra verdad, mucho más importante que la de ellos. Creo que los niños en esto son más intuitivos, ellos perciben más nuestra realidad que nosotros la suya. Es precisamente ese alejamiento entre las miradas de los adultos y de los niños, ese salto, esos intereses tan distantes algo que me inquieta y que me atrae y sobre lo que escribo muchas veces, tal vez para recordarme a mí misma que preste más atención al mundo de los niños.

Es un libro que invita a la reflexión sobre el drama de la inmigración, pero también sobre la relación adulto-niño…

Confío en que así sea. Los libros que a mí más me interesan son los que te hacen reflexionar. En Alma y la isla he tratado de reflejar el conflicto entre los dos niños, entre ellos y los adultos, el terrible drama de la inmigración y cómo a veces la realidad no es la que deseamos.

Ester García ha puesto imágenes a tu historia con sus ilustraciones. ¿Qué te ha parecido su trabajo?

Sus ilustraciones son extraordinarias. Hermosas y sugerentes, coloristas, poéticas. Creo que solo por ellas merece la pena el libro. Alma ya no sería Alma sin el alma de Ester. Le estoy muy agradecida porque además me invitó a seguir todo el proceso de su creación y eso es un privilegio en el que pocas veces te permiten participar.

Alma y la isla

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