La «Odisea» en versión adaptada

La Odisea, del poeta griego Homero, es uno de los poemas épicos más importantes de Occidente. La historia narra el viaje de regreso del héroe Odiseo a su patria, la isla de Ítaca, tras su participación en la guerra de Troya. Su travesía estará llena de peligros y aventuras. La Odisea es una metáfora del viaje que es la vida para todos nosotros; de ahí que sea un clásico universal.

No hay un caso como el de Homero en la literatura universal. Desde hace nada menos que 2800 años, lectores de cualquier condición, generación tras generación, han seguido su relato sobre los más famosos personajes que hayan nacido de la imaginación del hombre, Odiseo, al que también llamamos Ulises, y todos los demás héroes que participaron con él en la guerra de Troya.

La fama y el prestigio que alcanzó Homero no son hoy fáciles de imaginar. Con sus dos obras, la Ilíada y la Odisea, fue capaz de eclipsar al resto de la literatura griega durante siglos. Es como si no hubiera existido prácticamente nadie más que él. La veneración de sus compatriotas alcanzó extremos impensables para cualquier escritor u obra literaria posterior. Los alumnos en las escuelas lo estudiaban todo a través de sus obras: el uso del idioma, la religión, la virtud y las conductas reprobables, las relaciones entre hombres y mujeres, la historia, las tácticas militares o la configuración de las constelaciones en el firmamento. Siglos después de su muerte, las ciudades griegas rivalizaban por su presencia en los poemas homéricos. Atenas, por ejemplo, no aparecía citada en la Ilíada en el catálogo de las naves que acudieron a Troya, así que, con el solo deseo de acrecentar su prestigio, hizo que se prepararan copias del poema añadiendo un verso en el que se decía que acudieron allá atenienses con cincuenta naves. Por su parte, los gobernantes de la ciudad de Megara actuaron de la misma manera añadiendo un verso para justificar su pretensión de anexionarse algunos territorios en disputa apoyándose en la autoridad de Homero. Más tarde, en el Egipto del siglo IV antes de Cristo, se inventaron los signos de puntuación con el único fin de poder anotar y fijar de manera definitiva sus textos originales, lo que supuso el nacimiento de la ciencia que hoy conocemos con el nombre de Filología. En esta época, su influencia era tan grande en la mentalidad de la gente, que Platón, el famoso filósofo ateniense, al describir su ciudad ideal, había propuesto que Homero fuera desterrado de ella por considerar que su influencia resultaba perjudicial para la vida de la comunidad.

Con estos ejemplos podemos hacernos una idea de lo que Homero llegó a significar para los griegos. Pero con la desaparición del mundo griego antiguo, Homero no murió. Siguió vivo en los escritores latinos y posteriormente en la infinidad de los que formaron la inmensa y variada tradición literaria occidental, extendida por los cinco continentes desde la Antigüedad hasta nuestros días.

El italiano Dante, el más grande de los poetas medievales, ya a las puertas del Renacimiento y casi dos milenios después de que Homero compusiera sus obras, todavía lo seguía colocando a la cabeza de todos los poetas. Cervantes, trescientos años después, nos contaba la historia de don Quijote, un Ulises de su tiempo, enfrentado a la inagotable experiencia del mundo a través de un sinfín de aventuras. Ismael, el protagonista de Moby Dick, no es otra cosa que un Ulises surcando los mares a la caza de ballenas. El irlandés James Joyce, a principios del siglo pasado, escribió su más famosa novela, Ulysses, para contar la historia de un hombre corriente, como nosotros, enfrentado a las infinitas peripecias de un día cualquiera. Podríamos haber llenado este libro de ejemplos como estos. Aún hoy películas como Troya o La mirada de Ulises nos siguen contando, una vez más, las aventuras de los personajes homéricos.

(Texto extraído de la introducción elaborada por Manuel Yruela Guerrero para la edición adaptada en la colección Clásicos a Medida)

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